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El hambre de los yerbatales
 Por Silvana Melo

APe).- Dice la leyenda que un hombre tan viejo como pobre abrigó en su choza a un peregrino hambriento y entre los dos mordisquearon el único pan, solitario, sobre la mesa. El viajero era Tupá. “Porque tuve hambre y me diste de comer”, le habrá dicho el dios guaraní, que no era Cristo pero compartían dones. Y a cambio le regaló una planta que sería “calmante de la sed, compañía para las horas de soledad y generoso tributo para las visitas”. Era la caá.
Fue yerba mate con el correr de los siglos y a la hora de la ronda, del agua puesta a punto, del chorrito que cae en el lugar preciso, del sabor que tiene alma y vuelo de Tupá, siempre en el fondo subsiste la amargura.
El suplicio de Héctor Rafael Díaz, de dos años y un olvido que le taló la vida hizo asomar apenas a Misiones de aquella postal de tierra roja, feraz y voluptuosa. Y, tímidamente, la irrumpió en la cara oculta de la pobreza extrema y de los niños que mueren por desnutrición en la tierra donde bulle la riqueza. Milagros Benítez murió días después. También estaba inscripta en el programa Hambre Cero del gobierno de Misiones y también murió de hambre heredada, como Héctor. Como casi 250 chicos en el año. Como pueden morir los 48 bebés en estado crítico, apenas números -sin caritas ni costillas marcadas ni pulmones cargados- en las planillas del Estado. Como los 6.000 que están en peligro, según las cifras oficiales que tienen la costumbre de reducir los números cuando se convierten en dedo acusador.
Milagros murió en Montecarlo -nombre con brillos de neón y principados-, ciudad poblada de tareferos. Entonces, de a poco, comienza a comprenderse el hambre descomunal que mata niños en tiempos de macroeconomías florecientes, soja a 1270 pesos la tonelada, 55 millones de toneladas que se cosecharán a las puertas de diciembre, 71 mil millones de pesos que caerán en arcas precisas cuando el último suelo quede vacío y exhausto. De a poco comienza a comprenderse el hambre atroz que mata niños en la provincia que produce el 90 por ciento de la yerba, que después se consume masivamente a un promedio de cien litros y 6,6 kilos por persona.
La tarefa -que es la tarea, en un derivado del portugués- es el trabajo de los tareferos, invisibilizados durante años, décadas, ignorados por los gobiernos, desechados por la UATRE (Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores), gremio que lidera el patrón duhaldista Jerónimo Momo Venegas y puestos a trabajar apenas seis meses al año en cosecha a mano, con sus mujeres y sus niños de cinco o seis años, en negro y con jornales de esclavitud. Los seis meses restantes -de octubre hasta marzo- no hay trabajo; apenas el hambre, la bronca que sube por el pecho y la espera interminable en las carpas a la vera de los yerbatales. Donde suelen vivir, para estar primeros cuando llegue la nueva hora de la cosecha.
Por un rato, apenas, los tareferos se hicieron visibles. Hacía dos años que venían cortando rutas en Misiones. La muerte de Milagros Benítez y el estallido obsceno del hambre misionera en los grandes medios -efímera como efímeros son los pobres en las pantallas- los eyectó hacia el Obelisco, para que Buenos Aires se enterara por qué en el mate que toma cada día persiste ese sabor amargo que no corta ni el azúcar amarga de las zafras tucumanas.
“Todo el país tiene que saber que detrás del mate que toman todos los días estamos nosotros, los tareferos hambreados, enfermos, endeudados”, dijeron. Tuvieron que armar un sindicato por el ninguneo eterno de la UATRE, porque “estos tipos se sientan en la mesa de los patrones”. Así los definieron los hombres de carne oscura, agrietada, de mirada profunda y ajada.
Los tareferos siguen regidos por la Ley 2248 de Régimen de Trabajo Agrario, pensada aviesamente por la dictadura para limitar al máximo sus derechos laborales. La UATRE se niega a su derogación. En Guatambú, Aguí Lascano fue elegido delegado sindical. Es analfabeto. “Cobramos entre 450 y 600 pesos” en tiempos de cosecha. “El resto del año nos cagamos de hambre”. El día en que todos se levantaron de la asamblea y le dijeron que él sería el delegado, los miró incrédulo: “pero si yo no sé ni leer ni escribir”. “Usted será analfabeto pero nunca nos traicionó”, le respondieron.
Cuando el gobernador Maurice Closs puso en marcha el Programa Hambre Cero, le hicieron llegar una carta. “Con hambre no se puede pensar, con hambre no se puede trabajar, antes del medio día, señor Gobernador, en los yerbales el hambre se siente tanto que nos cuesta el doble o el triple juntar el raído. De hambre nos estamos enfermando y muriendo. Ojalá podamos ver ese tiempo del Hambre Cero, peleamos todos los días para que eso pase y para que nuestros hijos y nietos no sigan viviendo y trabajando en las condiciones que lo hacemos hoy nosotros y lo hicieron antes nuestras madres y nuestros padres”. No hubo respuesta. Como jamás tuvieron respuesta de nadie.
Para marzo o abril, los pibes de los tareferos dejan la escuela. En la tarefa, los chicos se ocupan de la quebranza. Para desgajar las plantas en los yerbatales hay que tener fuerza. Muchos no la tienen. No hay resto de proteínas en los músculos en plena formación. No hay nutrientes. No hay energía. Pero hay que quebrar, quebrar, quebrar. Esclavos con la resignación aprendida.
Durante dos años sus padres fueron víctimas de una estafa de sus patrones al Anses. Que derivó en que no les pagaran más las asignaciones familiares. Hasta que un fallo judicial las restableció pero nunca les devolvieron lo robado durante esos dos años. Saben que poco pueden esperar del Estado: los dueños de los yerbatales suelen ser los intendentes, los presidentes de los Concejos Deliberantes. Los gobernadores. Los ex. Si Closs lleva tres años de gobierno y se le mueren los chicos desnutridos sin que haya hecho nada para evitarlo, los dieciséis años que lo preceden inscriben en los pergaminos oficiales dos mandatos de Carlos Rovira. Y otros dos de Ramón Puerta, aliado del duhaldismo y del macrismo e integrante de una de las cinco familias que monopolizan el 70 por ciento de los yerbatales misioneros.
Héctor Rafael Díaz y Milagros Benítez, por esas cosas extrañas que tiene la historia, con su muerte pequeña y desangelada insuflaron de luz la lucha de los tareferos. De sus padres, de sus abuelos, de sus hermanos. Bellos y llenos de vida, irán como estampas viscerales dentro del corazón de los trabajadores, en cada quiebre de cada planta. Y estarán, renqueando su pequeñez morena, en cada cebadura amarga, para que el país amnésico no olvide. No vuelva a olvidar.