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miércoles

Juan Disante nos invita a ver: "EL REY LEAR" con ALFREDO ALCÓN

El Rey Lear es el Rey Alcón



"Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo,
tanto como para entrar en él: todo es estar maduros. ”.


William Shakespeare escribió íntimamente convencido de que debía poner cartas arriba todas las crudas pasiones humanas. Era alérgico a todos aquellos antígenos que no tuvieran que ver con las relaciones de los personajes, con los conflictos en carne viva.

uestro querido Alfredo Alcón va en ese camino. Tal vez, nos quiera poner en alerta con un Rey Lear que nos muestra la multiplicidad del ser, de cómo los seres humanos se desdoblan y sus situaciones vividas (y buscadas) modifican su comportamiento. .

De toda la obra de Shakespeare, Lear es el personaje más complicado y el que contiene los elementos más densos acerca de la condición humana. El más sibilino y contradictorio de todos. Nadie pudo aún decir cuál es la propiedad esencial de su talante. Es casi inclasificable. Si nos fijamos de cerca, el Rey Lear puede expresar una reflexión sobre la vanidad, sobre el poder, sobre la codicia, sobre la lealtad, sobre la piedad, sobre la vejez, etc. Sin embargo hay una ponderación sobre cada una de ellas y sobre todas a la vez. Es un personaje con un sino plural.

Y éste es el desafío más grande que tendrá Alfredo Alcón sobre la escena: resolver en un mismo escenario la diversidad de sentimientos y turbulencias de los seres, que a medida que avanza la obra, van surgiendo como desde la profundidad de una caja china para enturbiar el raciocinio. .

La genialidad de Shakespeare es haberse parado en un punto equidistante, pero a su vez unificador, de todas las pasiones del hombre.

¿De qué trata la obra? No lo sabemos. .

La humanidad se ha mirado a sí misma infinidad de veces y aún no sabe de qué materia está hecha ella misma. .

Quizá Alcón también esté a la búsqueda de esa alegoría. .

No es cosa menor ayudarlo.

En su texto original de 1623, “El Rey Lear” empieza como un cuento de hadas y termina como una desesperada tragedia donde se enfrentan la inocencia y el crimen, el amor y el odio, la riqueza y el despojo.

El anciano rey de Bretaña quiere retirarse y dejar la dirección del reino para poder vivir tranquilo sus últimos días. Para ello decide repartir sus posesiones entre sus hijas y ponerlas a prueba, en la medida en que cada una de ellas le demuestre su afecto y le exprese cuánto lo ama.

Las dos mayores se deshacen en ostentosas demostraciones de falsa retórica y le dicen al padre lo que éste quiere oír, no lo que ellas sienten. Cordelia, llena de sentimientos nobles, abrumada por tanta hipócrita elocuencia, responde austeramente, dice: “Amo a mi padre según el deber, ni más ni menos. No tengo más nada que decir”. Entonces Lear, creyendo que su discurso es pobre, en un arrebato de furia, la deshereda diciendo “nada es igual a nada”, y la entrega como su esposa, sin dote, al rey de Francia, para no desear verla nunca más. Y divide el reino entre sus dos hijas mayores, Goneril y Regan, con la condición que, en adelante, le brinden hogar y escolta (cosa que ellas nunca cumplen). .

El conde de Kent, que ha presenciado la escena, intercede por Cordelia a la que cree injustamente tratada por su padre. Pero esta acción le costará el destierro a Kent. .

El Rey Lear en vez de entregar el poder a los mejores, lo entrega a quienes lo adulan y le prometen fidelidad. Su contradictoria actitud de no ofrecer a su hija menor lo mismo que a las otras, viéndose así determinado por lo personal-pasional, lo lleva a la cultura medieval y no a la llegada niveladora del dinero capitalista. Su pasado pleno de injusticias le impide ser magnánimo.
. Goneril hospeda a su padre pero decide quitarlo de en medio despidiendo a los 50 hombres del propio rey y ordenando a su servicio que lo traten como estorbo.

Sintiéndose desestimado, Lear va en busca de su segunda hija Regan y el esposo de ella por quienes es igualmente maltratado. Entonces es obligado a vagar sin techo en medio de una tormenta, con la única compañía de su bufón y la del fiel conde de Kent, mientras va creciendo en él la locura por haber perdido el amor de sus hijas.

Cuando el rey abdica y se retira es despojado por sus hijas mayores. Allí se despiertan todas las ambiciones políticas. Entonces Lear se enfrenta con la crudeza de todo aquello que es capaz de ocultar el elogio interesado: la mentira, la falsedad, la traición. .

Aparece la locura, como resultado de la alteración de la lógica humana, mientras la tormenta acelera el estado de conciencia de Lear, convulsiona su mente, porque se siente vocero portador de los fenómenos naturales. Sin embargo, no es la naturaleza, sino los propios hombres los que engendran la crueldad, la estupidez y el absurdo de la condición humana.

Otro vasallo, el consejero del reino Gloucester, a su vez vive un drama simétrico al de Lear, ya que su hijo no legítimo Edmond, lo convence con patrañas que destierre a Edgar, su hijo reconocido legalmente. Entonces éste se convierte en un mendigo ermitaño y termina encontrándose en una choza del desierto con Lear, el bufón y el duque de Kent.

Estalla la guerra civil con su inexorable secuencia trágica y sin posibilidad de detenerla.

Gloucester parte en busca de Lear para pedirle que se reúna con el rey de Francia. A la vuelta es sometido a un interrogatorio por Regan, su esposo Cornwall y, furiosos le arrancan los ojos.

El simbolismo de la ceguera: se puede ver el mundo sin verlo. Pero sin ojos se puede ver la marcha del mundo.
Uno dice: “¡Qué mundo! Un loco conduciendo a un ciego”.

Lear: “No puedes ver nuestro camino”.

Gloucester: “No sigo camino alguno. No necesito de ojos, tropecé cuando veía”

Lear: “Los humanos somos moscas, pero los dioses nos cortan las alas”.

Un sirviente defiende a Gloucester y mata a Cornwall, dejando viuda a Regan, quien luego intentará ganarse para sí a Edmond.

Se desatan las intrigas y las peleas salvajes entre todo el reino y mientras esto ocurre un soldado comunica que Goneril había envenenado a su propia hermana Regan, y luego se había dado muerte ella misma.
Cordelia, quien manifiesta un amor capaz de redimir el mal por el bien, vuelve con un ejército francés para rescatar a su padre, pero es ahorcada por orden de Edmond, quien a su vez es muerto por Edgar.
El mal no se destruye a sí mismo.

El bufón, leal, acompaña a Lear hasta sus últimos momentos, pero lo incrimina constantemente. Le dice: “¡Cuánto te pareces a tus hijas malas! ¡Ellas me azotan por decir la verdad, y tú me quieres azotar porque miento! Y a veces me azotan porque guardo silencio. No me gusta nada ser bufón, pero menos me gustaría estar en tu lugar. Mordisqueaste el sentido común por ambos lados y no dejaste nada en el medio”.

El bufón no padece de las presiones de la ambición o la venganza. Asume la libertad de decir lo que quiere. Le señala a Lear la insensatez de su repudio a Cordelia. .
Ese bufón que aparece y desaparece sin que se sepa bien por qué, es uno de los personajes más enigmáticos. No tiene como Sancho Panza rusticidad en las manos, ni pretende gobernar reinos imaginarios, sólo se limita a hablar. Como Sócrates. Como el coro griego. Le dice: “Eres un falso juez”.

Tal vez, el bufón sea la conciencia crítica del propio Lear, que intenta bajar del pedestal para comenzar un reencuentro consigo mismo.
El rey sin trono y miserable, dice: “Cubre con oro el crimen y la palabra de la justicia se romperá. Ponte harapos y la atravesarás con una escasa navaja”.

Lear, tardíamente, intenta revertir el uso de la palabra retórica como mecanismo desvirtuador de la realidad. Conoce en su pasado la corrupción del lenguaje, convertido por el poder en un instrumento de astucia y persuasión falaz, más que en un vehículo de verdad. Los perversos de Shakespeare no sólo hacen mal, sino que se valen de un convincente talento retórico que intenta crear un mundo de sospechas, conspiración y espionaje.
Lear se arrepiente. Crece en él el enigma de la lucidez final: “No existen pecadores. Yo los absolveré a todos”.

En efecto, el que observa, se lleva la impresión de que en un mundo miserable, no puede haber pecados menores. Y donde TODO es pecado, el pecado no existe.
Lear lleva en sus brazos el cadáver de Cordelia y, ante todos, llora por sus penas, se arrepiente. Azotado por la locura y el dolor, finalmente atraviesa las arenas sombrías del destierro hacia su reparadora muerte.

“Quítame las botas… Desabróchame aquí…”
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Juan Disante Argentina
Invierno / 2009
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"El rey Lear" se estrena el 18 de Julio en el Nuevo Teatro Apolo, dirigida por Rubén Szuchmacher y con el siguiente elenco: Alfredo Alcón, María Zambelli, Joaquín Furriel, Juan Gil Navarro, Roberto Carnaghi.
Estreno: 18 de julio en el Nuevo Teatro Apolo. Av. Corrientes 1372, Buenos Aires, Argentina.